“¡Qué moderna eres Paquita!”
le decían en su pueblo a nuestra abuela cuándo la veían con uno de los vestidos que ella misma confeccionaba con cualquier trozo de tela.

A Paquita le fascinaba la moda. Su mayor tesoro eran las revistas que le enviaba un tío suyo que había emigrado a Francia y con ellas entre las manos soñaba con viajar para encontrar telas hermosas, abalorios, botones dorados...

Y así, entre sueño y sueño, se enamoró perdidamente de Antonio, un representante de telas que visitaba la mercería del pueblo. Antonio era guapo, condenadamente guapo y él lo sabía. Podía haberse fijado en cualquier chica pero le hizo gracia aquella niña que vestía con faldas hechas de restos de manteles y sábanas. Un día le regaló un retal de una tela de flores y, en la siguiente visita, comprobó divertido que Paquita había hecho con él un pañuelo que anudaba graciosamente a su cuello.

Por primera vez Paquita no fue tan moderna y se enamoró como en las novelas antiguas de aquel hombre tan guapo. Sentía que su vida estaba cosida con fuertes puntadas a la de Antonio. Pero el día que descubrió por qué no le cerraba la falda que había hecho aprovechando unas cortinas viejas, ese hombre no quiso saber nada de Paquita la moderna y nunca más se le volvió a ver por el pueblo.

Muy tristemente a Paquita se le esfumaron sus sueños de viajar. Paris estuvo más lejos que nunca mientras ella criaba a una niña pequeña, a la que bautizó con su mismo nombre y apellidos, cosía para todas las vecinas eso sí menos modernas pero más listas como para cazar a un marido menos guapo pero más bueno.

En algún momento, entre puntada y puntada, se prometió que a su hija no le pasaría lo mismo y que haría lo imposible para que viajara, conociera mundo y cumpliera sus sueños.

Y así fue ..., mi madre, que había heredado de la suya la pasión por la moda y sus viejas revistas, se mudó a Paris, a casa de sus primas, tan pronto como mi abuela pudo reunir el dinero para el viaje cosiendo una mantelería tras otra.

A París, la ciudad que había conquistado a su madre, le siguió Londres, la ciudad que la atrapó a ella. En aquel momento Londres estaba en completa ebullición. Todo era nuevo, divertido y excitante. Adoraba perderse en los mercadillos encontrando tesoros y prendas vintage con las que hacía combinaciones imposibles. Todo estaba permitido.

En Londres empezó a trabajar como estilista para publicaciones de moda y después vino... Amberes, Nueva York, Berlín, Madrid... Desde cada uno de sus destinos enviaba una carta a su madre dentro de una revista de moda. Ella leía ambas con auténtica emoción, a pesar de que su vista ya no era la misma.

En medio de tanto viaje nacimos mi hermana y yo que crecimos entre sesiones de fotos, mercadillos y las historias que nos contaba nuestra madre sobre la suya, Paquita.

Ya había perdido prácticamente la vista cuando fuimos las cuatro juntas a Paris. Cuando subimos a la Torre Eiffel, se quitó en silencio el pañuelito de flores que llevaba anudado al cuello y lo lanzó al viento. Las cuatro lo seguimos con la mirada hasta que se convirtió en un puntito a lo lejos. En ese momento, mi hermana y yo supimos que de alguna forma teníamos que dedicar nuestra vida a rendir un homenaje a “Paquita la moderna” a la que le cortaron las alas para volar y a nuestra madre, que había dedicado su vida a volar por las dos.

Paquita Forever tiene un poquito de las dos mujeres más importantes de nuestras vidas, nuestra madre y nuestra abuela. Ellas nos contagiaron la pasión por la moda y nos ayudaron a ser valientes y perseguir siempre nuestros sueños.

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